Última actualización febrero 27th, 2025 12:59 PM
La industria automotriz japonesa enfrenta un gran desafío tras el anuncio de Donald Trump de imponer aranceles del 25% a los vehículos importados, lo que podría afectar a empresas como Toyota, Nissan, Honda y Subaru. Estos gigantes, con fuertes lazos con México y Canadá, deben decidir si absorben los costos, reubican la producción o negocian.
NAGOYA, Japón (25/02/2025).- La incertidumbre vuelve a sacudir a Japón. Con el reciente anuncio de Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos, de imponer aranceles del 25% a los vehículos importados la industria automotriz global se encuentra en peligro. Esta medida, que podría entrar en vigor en abril, pone en una situación difícil.
Para los gigantes japoneses como Toyota, Honda, Nissan, Mazda y Subaru, este no es solo un problema económico, sino una prueba de resistencia estratégica en un tablero donde las reglas cambian al capricho de un líder impredecible. Pero, ¿es esta una amenaza real o una jugada de negociación? Y más importante aún, ¿quién pagará el precio?
Un golpe directo al corazón exportador japonés
El mercado estadounidense es vital para los fabricantes japoneses. Toyota, por ejemplo, vendió 2.33 millones de vehículos en EE.UU. en 2024, de los cuales 530,000 fueron exportados desde Japón. Nissan, por su parte, depende heavily de sus plantas en México, enviando unas 320,000 unidades al vecino del norte cada año. Honda, con una sólida presencia en Canadá y México, calcula que un arancel del 25% combinado con represalias de ambos países podría costarle hasta 700,000 millones de yenes (unos 4,600 millones de dólares) anuales.
Subaru e Isuzu también están en la mira, aunque con estrategias distintas: la primera apuesta por expandir su producción en Indiana, mientras que Isuzu confía en que sus camiones especializados resistirán el impacto.
La lógica es simple pero brutal: si los aranceles se trasladan a los precios, las ventas caerán inevitablemente en un mercado donde la inflación ya ha erosionado el poder adquisitivo.
Toyota lo tiene claro: “Los clientes estadounidenses no están en posición de absorber más subidas”, admite un portavoz. La alternativa, entonces, es absorber los costos mediante recortes internos o, como última carta, mudar la producción a suelo estadounidense. Sin embargo, esto último no es tan sencillo como suena.
El dilema de la relocalización
Trasladar fábricas no es tan simple como mover piezas de Lego. Implica años de planificación, miles de millones en inversión y una reestructuración masiva de cadenas de suministro. Un ejemplo de ello es Honda, que ha iniciado una maniobra de emergencia para trasladar parte de su producción desde México y Canadá a EE.UU., antes de que los aranceles entren en vigor, según reveló su vicepresidente, Shinji Aoyama. Este proceso, además de ser costoso, conlleva enormes desafíos logísticos y operativos, como la necesidad de reconfigurar redes de suministro, adaptarse a normativas locales y gestionar la capacitación de la fuerza laboral en un nuevo entorno productivo. Por ello, aunque el traslado de producción pueda ser una solución, no es una opción viable a corto plazo para la mayoría de las empresas.
Por su parte, Nissan está considerando abandonar sus plantas históricas en México, donde opera desde 1966, para fortalecer sus instalaciones en Tennessee y Mississippi, e incluso explorar alternativas en Asia y Europa. Sin embargo, este éxodo conlleva un alto costo: la pérdida de empleos en México, donde la industria automotriz representa el 4% del PIB, y el riesgo de generar una posible desestabilización económica regional.
Subaru, con su apuesta por el Forester fabricado en EE.UU., parece estar un paso adelante, pero incluso ellos admiten que la magnitud de los aranceles podría exigir medidas adicionales. Isuzu, por su parte, juega con una confianza casi temeraria: sus ejecutivos creen que el nicho de sus camiones les permitirá trasladar los costos sin perder competitividad. ¿Optimismo o ilusión?
Una crítica al caos premeditado
La estrategia de Trump no es nueva. Durante su primer mandato, ya había amenazado a Toyota con aranceles para producir el Corolla en México, lo que impulsó a la compañía a anunciar la construcción de una planta conjunta con Mazda en Alabama. Ahora, con un enfoque más agresivo, parece decidido a convertir esas amenazas en concretas, lo que podría intensificar las medidas comerciales y obligar a las empresas a replantear sus estrategias de producción y distribución en un escenario cada vez más incierto.
Pero aquí entra el análisis crítico: ¿es esto una política coherente o puro teatro político? La vaguedad del anuncio —”alrededor del 25%” y “quizá en abril”— sugiere que Trump busca más presión que ejecución. Es una táctica de negociación: forzar a Japón, Canadá y México a hacer concesiones, ya sea en forma de nuevas fábricas en EE.UU. o compromisos en otros frentes, como el apoyo a Ucrania, como algunos especulan en Tokio.
Sin embargo, este juego tiene víctimas colaterales. General Motors y Ford, emblemas de la industria estadounidense, también se verán afectados. Sus cadenas de suministro están profundamente integradas con México y Canadá, y un arancel del 25% podría elevar el costo de modelos icónicos como la Ford F-150 o el Chevrolet Silverado. Irónicamente, las mismas empresas que Trump afirma estar protegiendo podrían ser las más perjudicadas, mientras que los consumidores enfrentarían precios más altos en un mercado ya golpeado por la inflación. Esto no solo afectaría la competitividad de los fabricantes estadounidenses, sino que también podría generar un impacto negativo en el empleo y en el crecimiento económico, agravando la situación.
¿Y el futuro?
Hay un atisbo de esperanza en medio del caos. Si Trump logra presionar a países en desarrollo con aranceles altos —muchos superan el 25%— para que los reduzcan, las automotrices japonesas podrían encontrar nuevos mercados para sus exportaciones. Imaginen un escenario donde autos fabricados en México se exporten vía EE.UU. a África o Asia. Sería una jugada maestra, pero requiere una estabilidad que el actual liderazgo estadounidense no garantiza.
Honda, pionera en producir cerca de sus mercados gracias a la visión de Soichiro Honda, podría ser la excepción. Con solo el 1% de sus ventas en EE.UU. Originarios de Japón, su enfoque en fábricas locales le otorga una ventaja. Sin embargo, su error fue subestimar la diferencia entre Canadá y EE.UU. en la percepción de Trump: las 420,000 unidades anuales que se producen en Ontario ahora están en la cuerda floja.
Esta decisión podría poner en riesgo su competitividad en el mercado estadounidense, ya que la administración podría interpretar su producción en Canadá como una amenaza para los empleos en EE.UU., lo que obligaría a Honda a repensar su estrategia de producción en América del Norte. En un escenario de aranceles más altos, Honda tendría que elegir entre mover más producción a EE.UU., lo que implicaría altos costos y posibles alteraciones en su red global, o asumir los costos adicionales y arriesgarse a perder cuota de mercado en un ambiente comercial.
Conclusión: Un mundo en vilo
La industria automotriz japonesa no solo enfrenta un desafío económico, sino también una prueba de adaptabilidad en un mundo donde las reglas las imponen un hombre impredecible. Toyota, Nissan y sus competidores pueden optar por absorber costos, relocalizar producción o negociar, pero el precio será elevado, y no solo para ellos. México tiembla, Canadá responde con sus propios aranceles, y los consumidores estadounidenses —y globales— podrían acabar pagando el precio. Trump ha lanzado el dado; ahora, Japón debe decidir cómo mover sus piezas en un tablero donde el jaque mate parece cada vez más cercano.
La industria automotriz japonesa enfrenta un gran desafío tras el anuncio de Donald Trump de imponer aranceles del 25% a los vehículos importados, lo que podría afectar a empresas como Toyota, Nissan, Honda y Subaru. Estos gigantes, con fuertes lazos con México y Canadá, deben decidir si absorben los costos, reubican la producción o negocian.
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